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¡Sí!, los docentes también somos humanos

Este post, que no está muy relacionado con el diseño como tal, sino más con el diario vivir de quienes enseñamos, es el reflejo de una situación que día a día vivimos los docentes, y que lastimosamente hoy me llevan a escribir este texto.

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Por. Jaime Andrés Betancur Pérez

La verdad escribir estas palabras es escribir una verdad de Perogrullo, pero ¿qué es una verdad de Perogrullo? Es simplemente algo tan obvio que resulta hasta idiota decirlo porque se supone que todo el mundo lo sabe. Pero hoy, siento profundamente la necesidad de escribir estas palabras y compartirlas con algunas personas –especialmente a unos cuantos que lo necesitan- o tal vez con todo aquel que ya sea por accidente o por curiosidad se tope con este escrito. Entonces esto está dirigido a mis amigos, colegas, estudiantes, ex estudiantes, familiares de mis estudiantes, jefes, personajes –ilustres o no- del mundo académico o administrativo en el “negocio de la educación” o en cualquier parte y cualquiera sea su ser o su hacer.

Bueno, acá va entonces: para quienes no lo saben o no se lo imaginan, los docentes somos seres humanos, eso quiere decir que también tenemos 206 huesos, algo así como 650 músculos, hígado, corazón, pulmones, vísceras, dos ojos, boca dientes y espina dorsal. Los docentes respiramos oxígeno, nos alimentamos, podemos tener hijos –muchos de mis colegas ya los tienen-, somos además hijos, votamos en las urnas, vamos al baño –sí, vamos al baño y hacemos del uno y del dos-; somos seres humanos porque nos emocionamos, nos enamoramos, bailamos, nos gusta la música, somos seres sociales y nos gusta salir y departir con otras personas. Los docentes tenemos gustos muy diferentes, a unos nos gusta el vino, otros odian la mayonesa; también podemos comer y lo disfrutamos como disfrutamos de una cerveza o unos buenos tragos. En fin, somos tan seres humanos como cualquier otro ser humano en el planeta ya sea alguien tan respetado como un presidente o el Papa, o un simple don nadie; y como somos seres humanos entonces somos seres políticos, somos animales políticos. Para Aristóteles éramos el Zóon Politikon (ζῷον πoλίτικoν) ya que como seres humanos poseemos -a diferencia de los animales- la capacidad natural de relacionarnos políticamente, es decir, de crear sociedades y organizar la vida en ciudades; y las ciudades, la polis (πόλις) es ese sitio en donde los grupos de ciudadanos –incluidos los docentes, que somos además de humanos y ciudadanos- disfrutamos de todos los derechos. Entonces, Aristóteles quien por casualidad también era docente, nos enseña que como somos animales políticos, entonces hacemos política, es decir, tomamos posesión de nuestra realidad y de saber qué lugar ocupamos en la sociedad, y de saber cuál es el tipo de sociedad que queremos, por lo tanto que tipo de escuela es la que queremos y en qué tipo de escuela es en la que queremos estar.

Pero más allá de este juego de ideas, lo que quiero decir, es que los docentes -que antes que nada somos seres humanos y ciudadanos- poseemos los mismos derechos que poseen el resto de las personas, y entre esos derechos, el derecho a tener una vida privada. Si, para quienes no lo saben los docentes también tenemos una vida privada, la cual sólo nos incumbe a nosotros mismos, porque esa vida privada es precisamente parte de nuestra faceta de ser humanos; como docentes nuestra vida privada no debe estar abierta a la incumbencia pública ni al juicio de nadie, mucho menos de nuestros jefes, de nuestros colegas y menos aún de aquellos a quienes formamos. Ellos pueden y deben solamente cuestionarnos en el ámbito de lo educativo, pedagógico y metodológico, en aquello que le incumbe a la academia y por el bienestar de la academia; todo aquel que cuestione entonces la humanidad del docente debe hacerlo con el poder argumentativo del maestro, al docente debe cuestionársele con maestría desde su actuar como docente y nunca desde su vivir como ser humano; dado que el docente debe poseer una ética y una moral acorde a su cargo. No obstante, hay que recordar que también en su vida privada él sólo debe actuar de acuerdo con su conciencia humana.