Archive

Posts Tagged ‘brasil’

Oscar Niemeyer: el arquitecto universal

diciembre 6, 2012 Deja un comentario

por. DG. Jaime Andrés Betancur Pérez

Image

“No pensé que iba a vivir tanto, pero le confieso que todavía es insuficiente. No acostumbro a mirar demasiado el pasado, prefiero esforzarme por lo que aún falta por hacer.” Oscar Niemeyer

Luego de mucho tiempo vuelvo a escribir, no como crítico, ni como docente, ni como académico; escribo de nuevo aquí para mostrar mi admiración por quién fuese el más grande de los exponentes de la arquitectura latinoamericana y uno de los más grandes arquitectos de toda la historia de la arquitectura -en especial del modernismo y de la contemporaneidad-. Oscar Niemeyer pudo vivir 104 años para dejar un legado de incalculable valor, no sólo para Brasil -su país natal y donde desarrolló gran parte de su obra- sino para el mundo entero; se le ocultó a la muerte durante muchos años para pensar así sobre la vida, nunca habló de la muerte, nunca miró al pasado, sólo proyectó al futuro.

El maestro nació en 1907 en su querido Rio de Janeiro, y entre su ciudad amada y sus viajes proyectó su obra durante cerca de 80 años; de su inigualable ingenio nacieron casas, museos, edificios, iglesias, palacios, catedrales e incluso una ciudad, más de mil proyectos arquitectónicos en Brasil y en todo el mundo; creyó firmemente en las ideas de Le Corbusier y en el modernismo; fue un revolucionario de la arquitectura y de la forma, odio tanto a la línea recta como al capitalismo –“Contra el capitalismo, no es mucho lo que puede hacer. Pero contra el ángulo recto, opresor del espacio, triunfa su arquitectura libre y sensual y leve como las nubes” como afirma Eduardo Galeano -. No por su obra sino por su sentido revolucionario fue enviado al exilio durante muchos años, pero su obra trascendió más allá de los ideales políticos, incluso fue la mente maestra detrás del diseño de la sede principal de las Naciones Unidas junto con su gran mentor Le Corbusier, así como el creador y constructor de Brasilia y de gran parte de los edificios públicos del Brasil. La vida y la mujer fueron sus grandes inspiraciones, como él mismo decía: “La vida es más importante que la arquitectura”.

Al maestro nunca le inquietó la imposición del ángulo recto de la arquitectura racionalista, sino que siempre estuvo obsesionado con la pureza arquitectónica y con la lógica estructural, consideraba que la arquitectura estaba desapareciendo tras las repetitivas cajas de vidrio; él, creía en la libertad arquitectónica y en ese sentido pudo lograr desarrollar un estilo propio, puro, sin mentiras y prácticamente inigualable; como su mentor Le Corbusier, la arquitectura de Niemeyer es propia, verdadera, revolucionaria, de vanguardia y atemporal; adelantada para la época de sus inicios y estremecedora hoy, cuando aún permanece absolutamente vigente. El maestro es el último de los grandes, como alguna vez dijo: “si diseñaba una forma diferente, tenía que construir los argumentos para explicarla”; pero, después de mucho tiempo, obras y obras se sumaron a su vocabulario plástico, lleno de curvas y de simpleza que ya no necesita explicaciones. Buscó constantemente la belleza y la diferencia; pero su obra nunca fue simplemente plástica; en ella,  lo principal siempre fue anticiparse a los problemas estructurales; para que de esa forma, la sofisticación técnica combinada con la imaginación lograran crear un espectáculo arquitectónico, derivando así en una arquitectura eterna.

Entonces, Niemeyer parte como un héroe nacional en su Brasil natal, pero por otro lado, parte como el último de los grandes del modernismo, siendo el gran arquitecto universal; como el pionero del concreto de curva suave que jugó con los límites de la ingeniería. Él visionó más allá que cualquier otro el pensamiento alrededor del espacio, de la configuración de las formas, de la integración del ser humano con el espacio, le impartió sexo a la maquina para la vida de Le Corbusier, sí, porque su arquitectura es femenina, es sensual, es prácticamente perfecta. Su estilo nunca cambió, evolucionó durante cerca de 80 años llegando al climax con una sensualidad casi descarada. Niemeyer fue libre, entregó su alma a la arquitectura, hacía lo que quería porque más que pensar en él mismo, pensaba en su obra y en como ella debía ser social e igualitaria; nunca se pensó a si mismo como una estrella porque no valía la pena pensarse como un autor de portada de revista; su forma de pensar le valió el desprecio de algunos de sus colegas “contemporáneos” y de la crítica misma -dado que él era un blanco fácil por así decirlo-; era un arquitecto comunista de la vieja escuela y de tendencia populista, fue “Van der Rohe pasado por ácido”, fue un modernista poco ortodoxo. Pero, Niemeyer, el maestro; más que ser un arquitecto, fue un autor que escribía epopeyas con el concreto, logró controlar siempre hasta el más mínimo detalle e incluso rescribió en algunas oportunidades su obra para alcanzar una pureza y una perfección propia.